Hoy mi pensamiento (agobiante) del día es: "Me voy a morir sin haber podido leer todos los libros interesantes que quiero"
Tratando de evitar ideas poco terapeúticas me vienen otras, por ejemplo el pensamiento de Vizinczey, cuando aconseja no leer demasiado para ser escritor, o más que demasiado, demasiados libros. Vizinczey lo tiene claro, cuando se trata de escribir el síndrome de Don Quijote es peligroso. Eso sí, aconseja tener un buen caudal de obras de referencia, de "los grandes" y releerlas a menudo. Parecido a lo que cuentan de Welles, cuando antes de hacer Ciudadano Kane vió obsesivamente La diligencia. Supongo que un escritor también debe ser un gran lector, pero tampoco demasiado, sino quizás se corra el riesgo de perderse en la erudición. En algún momento el escritor debe afirmar su identidad por encima de las influencias para hacer algo propio. Es una especie de ejercicio edípico en el que el autor debe matar a sus padres literarios para afirmarse.
Don Quijote leía demasiado (G. Doré)
Quiero pensar que un autor perpetuamente asombrado por la obra de otros, admirador, humilde, de esos que parecen estar bajo una epifanía constante quizás lo tiene algo peor que alguien más concentrado en su propia obra. En algún momento hay que sobreponerse a la influencia, al vértigo que da el ver a alguien capaz de hacer una de esas obras maestras. Me viene a la cabeza una frase de Wagner: "Recuerdo que una tarde oí una sinfonía de Beethoven; luego tuve fiebre, y cuando me recuperé, ya supe que era músico". Parece que Wagner sí se sobrepuso.
Volviendo al número de libros de cabecera, creo que debe estar reducido a un número manejable, no me atrevo a apuntar una cifra. Pero, en un momento concreto de la vida de un escritor, ¿cuántos libros le acompañan realmente? Me viene a la cabeza que tiene que existir un análogo al número de Dunbar, pero para libros. Al parecer el ser humano tiene un número máximo de gente con la que puede tener una relación prolongada en el tiempo, en torno a 150 , algo parecido a las relaciones que uno tiene con los libros. Como con las personas, unos vendrán, otros se irán y unos pocos permanecen.
Estas vacaciones (hace oceános de tiempo), tras un par de visitas a lugares y un par de lecturas me han estado rondando las ciudades. Cada visita a un lugar nuevo me transmitía impresiones y sensaciones distintas, cada sitio tiene su ritmo, sus olores y la gente funciona de una manera propia.
En algunos libros, dioses antiguos, que personificaban aspectos de la vida cotidiana y lugares, dioses de los ríos, montañas, bosques, lagos... tendrían ahora su equivalente en las ciudades, seguramente en el inconsciente colectivo literario haya un dios o diosa de Nueva York, de París, México DF...
El dios de las ciudades haciendo de las suyas
Con estas ideas coquetean una serie de obras, empezando desde el final me viene a la cabeza el genial comic de Warren EllisThe Authority. En este comic Jack Hawksmoor es el dios de las ciudades. Descubrimos aquí que las ciudades son entidades, que tienen género y lo mejor de todo: que puedes pegar a alguien con una ciudad, que las ciudades son incluso enormes trajes de combate que te pueden vestir cuando tengas que enfrentarte a una amenaza de magnitud.
Haroun Al Raschid a punto de cerrar un trato
Anterior a esto y todavía en comic tenemos el Sandman de Neil Gaiman, en una de las historias, Ramadán, se nos habla de la ciudad de Bagdag. El califa aparece atormentado e inconsolable, a pesar de que la perfección le rodea, a pesar de que vive en la mejor ciudad posible. En el mismo libro encontramos a Marco Polo en otro relato, tal vez un guiño a nuestro siguiente caso.
Italo Calvino recorre las Ciudades invisibles través de los sentidos de Marco Polo. Polo le va contando sobre estos lugares al Kublai Kan a lo largo de varias veladas. El tono de todo el libro es tremendamente sugerente y nos hace intuir un universo más allá de lo que se cuenta. Efecto iceberg lo llamaría, como si por debajo del hielo que asoma se presintiese mucho más por debajo, el propio autor reconoce que el libro se le escapó en algún momento y cobró vida propia.
Al cabo de tres jornadas, andando hacia el mediodía, el hombre se encuentraen Anastasia, ciudad bañada por canales concéntricos y sobrevolada por cometas.Debería ahora enumerar las mercancías que se compran a buen precio: ágata, ónixcrisopacio y otras variedades de calcedonia; alabar la carne del faisán dorado que secocina sobre la llama de leña de cerezo estacionada y se espolvorea con muchoorégano; hablar de las mujeres que he visto bañarse en el estanque de un jardín y quea veces -así cuentan- invitan al viajero a desvestirse con ellas y a perseguirlas en elagua.
Italo Calvino. LAS CIUDADES Y EL DESEO
Anterior a Calvino tenemos la obra de Lord Dunsany, concretamente la recopilación de cuentos Cuentos de un soñador. Curiosa la influencia de este autor en contraposición a lo poco conocido(*) que es.
Bethmoora; ningún enemigo las asalta. No hay luces en sus casas ni pisadas en sus calles; está muerta y sola más allá de los montes de Hap; y yo quisiera ver de nuevo a Bethmoora, pero no me atrevo. Hace muchos años, según me han dicho, que Bethmoora está desolada. De su desolación se habla en las tabernas donde se juntan los marineros, y ciertos viajeros me lo han contado. Yo tenía la esperanza de haber visto otra vez Bethmoora. Muchos años han pasado, me dijeron, desde que se hizo la última vendimia de las viñas que yo conocí, donde ahora es todo desierto.
Lord Dunsany. Bethmora
Curioso la relación que tienen entre sí los universos de estos autores. Sin haber profunizado demasiado no he encontrado referencias cruzadas entre ellos ni agradecimientos de ningún tipo. Calvino no nombra a Dunsany en el prólogo/discurso acerca de Las ciudades invisibles, habla únicamente de su proceso creativo y de como unos apuntes en una carpeta sobre ciudades que imaginaba se terminaron convirtiendo en un libro. Digo esto no porque Calvino me parezca un plagiario, que no es el caso, su obra tiene una indudable originalidad propia, sino porque la referencia me parece tan obvia que me ha extrañado no encontrarla. Los otros dos, Gaiman y Ellis, han construido su obra en mayor o menor medida buscando una posmodernidad basada en estereotipos pop. Partiendo de esta premisa cualquier referencia cruzada o repetición de situaciones o conceptos adquiere una significación adicional y originalidad propia cuando se entiende la obra como homenaje o relectura de materiales anteriores y supuestamente conocidos por todos. Y esto tampoco me parece mal, este enfoque me gustó hasta en La Liga de los Caballeros Extraordinarios del melodramático Alan Moore.
(*) Es una afirmación un poco gratuita y no medible enunciada como verdad solamente para dar forma a una percepción personal
Hay una manera de educar a los hijos de Samurais. En su infancia se ha de favorecer su bravura y evitar darles miedo frívolamente o burlarse de ellos. Si una persona se ve afectada por la cobardía cuando niño, queda una cicatriz para toda la vida.
Es un error de los padres que, sin reflexionar, hagan temer a los niños los relámpagos, los sitios oscuros, o contarles cosas terroríficas para provocar sus lloros. Más aún, si un niño es reñido severamente se volverá tímido. No debe tolerarse que se formen malos hábitos. Después que se ha formado un mal hábito, aunque se reprenda al niño, ya no mejorará. Para cosas tales como el hablar correctamente o tener un buen comportamiento hay que volver gradualmente al niño consciente de ello. No dejéis que el niño conozca la avaricia. Otra cosa más, si tiene una naturaleza normal, se desarrollará siguiendo el camino que se le marque.
Ayer me acordé del zorro de El Principito, la parte de: ¿Qué significa domesticar? muy bonita. Me acuerdo que leí ese libro con mi padre y ese verano aprendí a hablar francés. ¡Qué barbaridad! de cero a todo en un verano. Si hubiera seguido haciendo eso todos los veranos desde aquel ahora sabría más de 10 idiomas (por lo menos de los fáciles del tipo de italiano o portugués). Pero me extravío, recuerdo que ese libro estaba lleno de momentos estupendos y así me gusta recordarlos. El tema de la Rosa, "Lo esencial es invisible a los ojos", el astrónomo turco (ahora que soy consultor me viene mucho a la cabeza lo del traje) etc..
Años después (no muchos), hablamos de ese libro en la clase de filosofía, por aquel entonces muchos lo habíamos leído, El Principito se convirtió en un fenómeno compartido en el que una gran cantidad de gente (10 por lo menos) explorábamos nuestro gusto y sensibilidad sobre el libro. En aquel momento no fui consciente del todo de lo que aquello significaba. Para mi los buenos momentos literarios o artísticos personales han sido cada uno como un lugar secreto en el bosque.
Ahora pienso en aquel lugar secreto, compartido en aquel momento sólo con mi padre, y que luego pasó a ser de dominio público. Aquel rincón del bosque fue pisoteado, claro que entonces no me parecía eso. Ver tanta gente por allí era reafirmante y el sentimiento de especialidad todavía no estaba gastado.
El beso, de Klimt, belleza asequible para todas las sensibilidades
Seguí visitando ese tipo de lugares, conmovido. Visité a El lobo estepario y a El Beso deKlimt, La Piedad de Miguel Ángel, y a otros así. Con el tiempo he visto esos sitios atiborrados de gente, la mayor parte de la cual(misántropo diréis), no me ha gustado encontrármela ahí. Determinadas obras tienen un punto emotivo, muy emotivo y es incómodo encontrarte a esa gente ahí. Además, ¿qué se puede decir? a esta emotividad extrema no se puede acceder con palabras, o no se puede con facilidad.
Estos lugares han sido muy transitados, estos lugares están ahora llenos de gente peligrosa. En cualquier momento te puede salir una sonrisa bobalicona mientras compartes de manera banal algo cuyo sabor ya se te ha escapado.
La nostalgia por el pasado de un adulto genera un gran flashback, que te transporta al paso por la última etapa de su adolescencia, siendo esto solamente un marco de referencia temporal y no la historia central. Desde esta perspectiva un protagonista solitario (que curiosamente no transmite soledad) y estigmatizado por su pasado (más de lo que él mismo cree) nos despierta sensaciones agridulces haciendo que recordemos sentimientos de nuestro pasados al describirnos de una manera muy evocadora su cotidianeidad y su relación con la gente que le rodea...
Tokio blues está llena de sucesos casi oníricos y personajes muy poco habituales, con ciertos tintes de realismo mágico en su forma de pensar. Las descripciones son casi telegráficas pero nos hacen ver todo muy claramente, quiza imaginándolo a nuestra manera... Pero de cualquier forma uno consigue al leerlo "degustar" lo que está siendo descrito al sentirlo como si fuera algo nuestro, parte de nuestra infancia/adolescencia/pasado, sin llegar por este motivo a sentirnos demasiado identificados con Watanabe (nuestro protagonista), ya que él es casi un personaje de fábula más que una persona que nos podamos encontrar en nuestro día a día. Esto mismo sucede con los demás personajes que rodean a Watanabe, siendo todos ellos excepcionales de alguna forma al mismo tiempo que se sienten atrapados por si mismos, más condenados a su destino que predestinados.
Recomiendo tener cuidado con el efecto adictivo de sus páginas y leerlo poco a poco, saboreando cada párrafo, ya que más que una novela hecha para contarte una historia parece hecha para evocar, siendo cada capitulo como una bocanada casual de algún aroma de nuestro pasado.
Y en ese mismo momento Sherman llevó a cabo un horrible descubrimiento, el mismo que todos los hombres , tarde o temprano, hacen en relación con su respectivo padre. Por vez primera comprendió que el anciano que tenía junto a él no era un padre envejecido sino un muchacho, un muchacho muy parecido al que había sido él mismo, un muchacho que creció, tuvo un hijo y, lo mejor que pudo, obedeciendo a su sentido del deber y también, quizás, por amor, adoptó un papel consistente en Ser Padre, a fin de que su hijo tuviera una figura mítica e infinitamente importante a su lado: la figura del Protector encargado de impedir que se destapara la caja que contenía todas las posibilidades de caos y desastre que la vida puede traer consigo. Y, ahora, ese muchacho, ese buen actor, se había hecho viejo, frágil, se había convertido en un ser cansado, mucho más cansado que nunca ante la perspectiva de tener que ponerse otra vez la armadura de Protector, cuando sus hombros ya no tenían fuerzas para cargar con ella.
Hoy me he puesto a releer temas y ver fotos viejas de quedadas de un foro en el escribo desde hace tiempo. Debe ser que tenía el día melancólico. Está lleno de palabras y fotos de gente que ya no escribe. He pensado que tal vez ese foro perdure cuando yo deje de escribir o cuando ya no conozca a nadie de los que escriben. Todos esos temas y fotos son momentos auténticos que se han quedado congelados. De hecho uno se siente casi indiscreto leyendo, tema a tema uno puede rememorar las sensaciones que le hicieron escribir aquello o empatizar con los textos de los otros.
Es curioso que nadie haya pensado en qué va a ser de todos estos testimonios en el futuro, de como toda esa cotidianidad va a quedar atrapada. Dentro de unos años alguien entrará en la red sólo para hacer arqueología, de la misma manera que ahora alguien puede releer un diario o correspondencia de hace 50 años o encontrar fotos viejas en un baúl. La diferencia es que los testimonios de ahora son mucho más vívidos, más reales, equivalen a reproducir la grabación de una conversación.
La invención de Morel
Todo esto me ha recordado al melancólico libro La invención de Morel de Adolfo Bioy Casares (Si alguien tiene pensado leer el libro tal vez debería saltarse este párrafo). A toda esa gente grabada, inmortalizada y al solitario fugitivo observando y que finalmente se graba e intercala en los momentos de los demás inmortalizándose a su vez. Como el fugitivo del libro de Bioy Casares me he puesto postapocalíptico y se me ha ocurrido que tal vez alguien en un futuro encuentre esos textos e intercale sus comentarios.
Doctor Who, Poe y Ana Frank
Dándole vueltas a la idea de memento mori también me llamó la atención un episodio del Doctor Who (Silence in the library). Trataba de exploradores humanos que iban con su traje espacial. En él había un dispositivo que tenía una "inercia neuronal" que hacía que uno pudiese seguir comunicándose con los recién muertos por este efecto, algo parecido a El extraño caso del señor Valdemar, de Poe. Lo de Ana Frank es más de baja tecnología, pero no deja de ser una idea espeluznante también, aparte de real.
Clans of the Alphane Moon (1964) Philip K. Dick La Luna Alfana era un gigantesco hospital psiquiátrico, hace 25 años que las autoridades terrestres perdieron el contacto con la colonia hospitalaria. Desde entonces los antiguos pacientes psiquiátricos han organizado una sociedad fragmentada en clanes, cada clan basado en un trastorno mental.
Escrita con cierto humor y sorna. PKD plantea de manera original una de sus típicas historias de confusión con elementos recurrentes suyos: cuestionamiento del yo, duda sobre la percepción de la realidad, cuestionamiento de valores morales, etc...
El planteamiento recuerda a uno de sus relatos, La estratagema, en el que una sociedad entera padece un trastorno mental, cuestionándose la percepción de todos. En LCDLLA desarrolla obsesiones e ideas también expuestas en sus relatos.
En esta como en otras de las novelas de PKD el tono autoparódico me produce una sensación dual, por un lado añade un aporte de valor al dar un enfoque original, por otro les hace perder coherencia, las disminuye. En principio no se puede decir que el tono irónico y la autoparodia sean un elemento negativo, la propia idea de la novela se retuerce sobre esta premisa, pero no puedo evitar añorar la sencillez en la exposición de sus relatos. A PKD le gustan las ideas, cada relato y novela está construido alrededor de una o varias. A menudo al terminar uno de los relatos se queda uno con las ganas de verlo novelado, que la acción continúe. ¿Será el amante de la space opera que todo lector de ciencia ficción lleva dentro?